La IA afectará al doblaje «muy pronto», según Atrae

La IA afectará al doblaje «muy pronto», según Atrae

Empresas que tratan de rebajar a un tercio las tarifas de sus traductores. Expolio de derechos de autor. Y un futuro cargado de incertidumbre. Así dibuja el panorama que deja de momento la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en su vertiginoso aterrizaje en el mundo de la traducción audiovisual, según relata Iris C. Permuy, presidenta de la asociación Atrae, en declaraciones al blog de la Escuela de Doblaje de Madrid (EDM).

Atrae agrupa a cerca de 670 traductores en España, cuyo futuro pende de un hilo, debido al terremoto que el ‘software’ generativo — que ‘aprende’ con la práctica — ha provocado en la tarea de quienes se encargan de traducir películas, series y otros productos audiovisuales, y confeccionar los subtítulos o los textos para doblar.

“El truco fue ofrecer los mismos ingresos a los traductores”, inicia la presidenta de Atrae. Cuenta que una de las grandes empresas del sector, que se encarga de traducir un buen puñado de las series para el mercado español, ofreció a los traductores los mismos ingresos por su labor, aunque ahora partiendo de una primera traducción, muy rudimentaria, elaborada por la inteligencia artificial.

Sin embargo, al año siguiente, cuando los traductores habían aceptado esa labor de postedición, “impusieron una rebaja de tarifas a un tercio”, relata. Es decir, perdieron dos tercios de los ingresos, con la única salida de emprender una negociación — siempre individual — con aquellos traductores que se resistieron a la brutal rebaja de precios.

Y es que, en España, los traductores no pueden hacer piña para defender sus derechos. Solo tienen esta asociación, muy activa en la reivindicación de su labor. Pero no pueden crear un sindicato. Ni pactar colectivamente sus precios. Ni siquiera publicar en su web una hoja con recomendaciones tarifarias.

La ley lo vería como un atentado a la libre competencia. Y los perseguiría por ello. Por eso, cuando la Comisión Europea, consciente de esa circunstancia, abrió una consulta pública sobre el asunto, a fin de dar la vuelta a esta situación en la Unión Europea (UE), la respuesta de los traductores audiovisuales españoles fue masiva.

Ahora, los profesionales de la traducción esperan que la Comisión Europea cambie la ley, y les permita firmar convenios colectivos, a fin de defender en grupo sus derechos, aunque sean trabajadores autónomos. De otro modo, son las empresas las que “nos imponen sus precios”, denuncia Permuy.

Rápida colonización

Pero, aparte de esta cuestión de índole laboral — aunque muy ligada a la digitalización de la economía —, es la irrupción de la inteligencia artificial la que ha trastocado el mundo de los traductores. Su trabajo se desenvuelve básicamente en dos ramas: el doblaje y el subtitulado de películas y otros productos audiovisuales. Y el resultado — las traducciones — goza de protección legal en lo relativo a los derechos de autor.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, han surgido sistemas de traducción automática, que han colonizado ya algunas ramas de ese frondoso árbol de la traducción. “En vídeos promocionales, corporativos y en plataformas de e-learning, ya prácticamente todo es postedición”, informa Permuy.

En traducción, se llama posteditar al sistema que relega al ser humano a un segundo peldaño en el camino de lograr el paso de un idioma a otro, y deja en manos de la máquina la primera toma de contacto entre esos dos mundos idiomáticos. Luego, el humano, a partir del texto generado por la inteligencia artificial, debe lidiar con las palabras del autómata, hasta completar el resultado final.

“Es falso que así seamos más productivos, como sostienen las empresas. Se tarda más en posteditar que en empezar de cero una traducción audiovisual”, apunta Permuy.

Las máquinas carecen de alma para captar todas las sutilezas del lenguaje, denuncia la presidenta de los traductores del audiovisual. Para empezar, ni siquiera ‘ven’ el vídeo, la imagen del producto, como sí hacen los traductores humanos, ávidos de conocer los detalles esenciales de un contexto, que la máquina pasa por alto.

“Por eso cometen errores de bulto, como llamar niño a una niña, y cosas así, errores que jamás cometería una persona”, relata.

Pero además los textos que genera son “planos”, “sin gracia”. “Se le escapan muchas cosas, todos los juegos de palabras, los guiños culturales, los nombres propios…”, añade.

Sin embargo, la interposición de esa traducción automática sirve como pretexto a las empresas para meter prisa a los traductores y obligarles además a rebajar sus ingresos.

Así sucedió con una gran empresa que monopoliza la traducción de buena parte de las series emitidas en España, continúa Permuy. Impusieron la traducción automática, a cambio de los mismos ingresos. El “truco” fue que, al año siguiente, rebajaron a un tercio los precios. Y negociaron individualmente con cada traductor, relata.

En España el mercado de la traducción audiovisual se reparte entre las distribuidoras y los estudios, que se encargan del cine, y las grandes agencias, que copan la traducción de series — junto a los estudios —,e incluso el subtitulado de algunos festivales, además de toda una serie de productos, de menor categoría, en cuya traducción ya interviene casi íntegramente la inteligencia artificial.

Camino de la mediocridad

Permuy alerta del peligro de que se generalicen estas traducciones, y el público se habitúe a la “mediocridad”.

De hecho, la traducción audiovisual se ha dividido ya en productos de varias categorías. En el cine, por ejemplo, no se utiliza aún la inteligencia artificial, por lo menos en el de primer nivel comercial. En cambio, los traductores autómatas sí han entrado en el ancho mundo de las series, especialmente en aquellas destinadas a rellenar los ingentes catálogos de las nuevas plataformas de contenidos, como Netflix.

Sin embargo, a veces ocurren desagradables sorpresas, agrega. Como cuando una de estas series llamadas a rellenar catálogos se convierte en un éxito internacional, y sus subtítulos generados por autómatas desatan una oleada de protestas, como sucedió con la coreana ‘El juego del calamar’, indica Permuy.

Se trabaja deprisa y las empresas piden a veces “arreglar solo lo gordo”, agrega la traductora. Una degradación de las condiciones de trabajo que ha impactado en la vida de los traductores. Y que ha hecho que algunos se planteen incluso dejar la profesión. “Aunque es nuestro pan, y no nos van a callar”, clama Permuy.

Expolio de obras

Los traductores defienden que la inteligencia artificial se ha implantado sin ningún control, y sobre el “expolio” de una serie de obras que se han utilizado para entrenar a la máquina, sin pedir permiso a los titulares de sus derechos, ni por supuesto, remunerarles por ello.

Por eso reclaman la adopción de medidas, en línea con otros colectivos, como el de los actores, que se movilizan en defensa de una adopción negociada de esta tecnología, como en Estados Unidos, donde los intérpretes acaban de pactar nuevas remuneraciones en este sentido y la obligación de solicitar su consentimiento expreso; o los actores de voz españoles y europeos, que se han plantado y exigen que, a partir del 1 de enero, se incluya una ‘cláusula IA’ que proteja sus interpretaciones contra el uso sin permiso.

“¿Quién controlará este uso?”, se pregunta Permuy, quien añade rotunda que, en su concepción actual, el uso de la inteligencia artificial “no es ético”, porque se basa en el “robo” de materiales protegidos por derechos de autor.

“¿Y quién cobrará los derechos de autor? ¿El posteditor?”, continúa, abriendo nuevos interrogantes en torno a la adopción de esta tecnología.

En el doblaje el desembarco de la traducción automática tendrá lugar «muy pronto», finaliza, tras afirmar que, en materia económica, sus ingresos como traductora son ahora los mismos que hace 15 años, cuando trabajaba como camarera; una ocupación que no requiere el mismo nivel de preparación, matiza.

“Nos oponemos al uso de la IA, tal y como está concebida ahora mismo, sobre el expolio de obras de las que se han apropiado para entrenar a la máquina. No hay forma ética de utilizar la IA, tal y como se usa ahora”, concluye.

“Traducir es un ejercicio de creatividad. Y más en las industrias culturales. La inteligencia artificial no hace eso”, agrega. “Nos oponemos a la IA porque nos oponemos a la mediocridad”, finaliza quien confía en lograr una legislación más favorable, “o mucha gente dejará la profesión”, advierte.


Imagen: El cuarto oscuro. 

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