
Salvador Aldeguer: “Ser actor me resulta primordial al escribir”
El gran actor de doblaje publica su primera novela El club de patchwork de Madeline O’Sullivan.
ESCUCHA un resumen de este post, narrado por Luis Martínez del Amo
Pachi Aldeguer, el gran actor de doblaje — voz de Martin Lawrence, Antonio Banderas, John Travolta y tantos otros — tiene nuevo libro. A sus anteriores artículos y textos autobiográficos, suma ahora su primera novela, El club de patchwork de Madeline O’Sullivan (disponible en Amazon en tapa blanda y formato e-book); un divertidísimo collage — el primero de una trilogía — en el que, a lomos de la memoria, el polifacético actor y escritor sitúa a su heroína en un mosaico de espacios y tiempos — desde los fiordos noruegos a la campiña inglesa —, para componer un tierno retrato de mujer, tras el cual se atisba siempre la colosal humanidad del autor, dueño de una técnica literaria de singular comicidad, precisa en el drama, cuyos detalles el autor tuvo a bien comentar con el blog de la Escuela de Doblaje de Madrid (EDM).
• ¿Cómo nace la necesidad de saltar de la interpretación a la ficción literaria?
Más que un salto ha sido un regreso; en realidad empece a escribir mucho antes que a doblar, pero después la vida te conduce a una serie de prioridades y el doblaje lo fue durante cuatro décadas, más o menos. Durante ese tiempo escribí guiones para tiras cómicas digitales de humor político, artículos para el periódico talaverano La Voz del Tajo, un par de relatos y algún que otro proyecto prescindible. Escribir precisa de tiempo, y el doblaje y todo lo que conlleva ocupó la mayoría de ese tiempo. Y lo que tenía claro es que no quería escribir a ratos. Pero una vez pude retirarme definitivamente, o digamos, por ser prudente, casi definitivamente de los atriles y los micrófonos, pude retomar en condiciones mi verdadera pasión. Y en eso estoy.
• ¿Qué aporta tu faceta de actor a tu labor como escritor?
Mucho. Muchísimo. De hecho me atrevería a decir que es un pilar fundamental para intentar entender a los personajes, las situaciones, los detalles y las consecuencias de lo que viven. Los años de atril me permitieron desarrollar ese tipo de intuición de una manera natural y a la hora de escribir se ha convertido en una herramienta primordial.
• ¿Qué diferencias encuentras al cambiar del género autobiográfico de tus anteriores libros a la pura ficción?
Resumiría todas esas diferencias en una: LIBERTAD. El genero autobiográfico te permite adornar la historia, pero la mayor parte del trabajo ya lo tienes hecho. Las cosas ocurrieron, las viviste o te las contaron y te limitas a ponerlas negro sobre blanco. En cambio, los mundos de ficción son dimensiones por explorar. Si bien es cierto que siempre puedes recurrir a pellizcos de la memoria para establecer puntos de partida en el desarrollo de personajes, lugares y alguna que otra situación, lo fascinante es que todo es nuevo y está por crear. Eres como un pequeño dios en la noche anterior a iniciar la semana de creación; te sientas frente a la pantalla en blanco del ordenador y todo arranca con una sencilla pregunta: Bueno, ¿por dónde empezamos?
• Como escritor, ¿lees en voz alta tus diálogos?
Jamás. Supongo que es otro beneficio colateral de los años de doblaje; en especial del trabajo en banda aparte, cuando a la hora de grabar tienes que recordar las voces de los otros personajes con su intensidad, sus tonos, sus matices y sus inflexiones. Escribiendo los diálogos escucho con toda claridad sus voces y por lo general muchas veces me sorprenden.
• ¿Por qué sitúas la novela en espacios y tiempos tan remotos?
Tenía muy claro que quería situar todas las historias antes de la pandemia; sin todo el abanico de recursos tecnológicos desarrollados a los niveles actuales. Retomar la relación epistolar, las miradas, las bibliotecas, los mapas, los teléfonos para hablar exclusivamente por teléfono, y el ingenio humano con sus éxitos y sus fracasos. Tomé, en definitiva, la decisión de volver a tiempos mejores, y dejar que los personajes se desenvolviesen tal cual; sin zarandajas digitales.
• ¿Y la protagonista femenina, qué te aporta?
Esperanza. Esperanza en poner en valor lo que tienes y vivir por encima de todas las cosas en vez de por encima de tus posibilidades. Madeline vive un aprendizaje constante y esa actitud siempre me ha resultado muy interesante. Su sencillez está cosida a su espontaneidad. Sabe cuándo hay que ser espectadora y cuándo protagonista; y eso le otorga la certeza de que no hay magia sin condición humana y viceversa. Ella, en definitiva, es un homenaje a todas las mujeres fuertes, valientes y creativas.
• ¿A cuantas risas por minuto escribiste el capítulo de las gemelas Cheddarshire?
Creo que fueron unas 60 risas por minuto. Me lo pase requetebién. Sabía cómo acababa pero intentaba escribirlo como si no lo supiera. Y aunque esa era mi intención no siempre lo conseguía y opté por dejarme llevar. Tenía que hilvanar dos escenas distintas en una misma secuencia sin perder el hilo de lo que estaba ocurriendo y visualizarlas al tiempo que las escribía me ayudó a mantener el ritmo adecuado.
• ¿Y el salvamento de Stian en plena tormenta marina? ¿Cómo afrontas estos capítulos, donde la narración debe funcionar como un reloj?
Para ese tipo de capítulos en concreto me activo una especie de metrónomo interno para mantener un tempo cinematográfico que controle la velocidad de lectura. Esto no se consigue solo escribiendo sino también leyendo y releyendo varias veces para comprobar que funciona la combinación de cadencia, intensidad y sorpresa. Cuando algo me gusta como escritor pero no me convence como lector, siempre intento buscar una salida que sin suponer una traición a la idea siempre se decante hacia el lector. Para eso contar con la ayuda de Marta Catalá Vila, mi amiga, asesora literaria, maquetadora y correctora ha sido fundamental. Marta y yo tenemos un nombre para ese tipo de situaciones: Escalera de Penrose. Esa ilusión óptica creada por el matemático Roger Penrose que representa un bucle continuo de peldaños donde alguien puede subir o bajar eternamente sin ganar ni perder. Son momentos particularmente inquietantes, pero sin prisa y con paciencia, como tantas otras veces, un pequeño detalle acaba siendo una gran solución.
Y respecto al capítulo de la tormenta marina, uno de los desafíos fue que me enfrentaba por primera vez ante una decisión drástica sobre un personaje. Y me costó. Es curioso, pero tardé algo más de dos semanas en tomar la decisión. En esos casos Stephen King recomienda parar de escribir y leer. Leer, leer y leer. Yo estaba leyendo «Lonesome Dove», del gran Larry McMurtry, y entre sus páginas encontré la valentía y la coherencia para tomar la decisión. Después ya lo fui superando, pero esa primera decisión no la olvidaré.
• ¿Cómo sería una adaptación al cine de El club de patchwork de Madeline O’Sullivan?
A priori, imposible. Nos pasamos de presupuesto. Ni siquiera una Inteligencia Artificial creo que pudiese acertar. Posiblemente acabaría como el viejo Hal 9000 de 2001: Odisea en el espacio, cantando «Daisy, Daisy» o el «Aserejé».
De todos modos puede que, llegado el improbable caso, se prestase a una adaptación más televisiva que cinematográfica.
Y avanzando en esta idea hipotética, lo que sí tengo claro es que solo confiaría el proyecto a un profesional, audaz, ingenioso, creativo y con un admirable sentido audiovisual: Alfonso S. Suárez. Aquí le dejo el guante; si tiene a bien recogerlo, suyo es.
• ¿Y una película sobre el futuro del doblaje, cómo sería?
Al paso que vamos supongo que sería en versión original y subtitulada. Quizás por aquello de no caer en «ver la paja en ojo ajeno y no ver la viga en el propio».

