Roberto Cuenca Martínez, actor de doblaje, director, premio Irene de Doblaje 2019, fundador del llamado Grupo de Parla, una escuela de actores donde se formaron figuras del doblaje actual como Javier Balas, Mar Bordallo, Claudio Serrano, Miguel Ángel Garzón, Conchi López, Lorenzo Beteta, Eduardo Gutiérrez, Vicky Angulo o Roberto Cuenca Rodríguez, desvela – sin pelos en la lengua – en esta entrevista para el Blog de la Escuela de Doblaje de Madrid, sus tropiezos al iniciarse en el mundo del doblaje, su visión sobre los problemas que atraviesa hoy la profesión, y la importancia de conservar la calidad de la interpretación en el núcleo de toda la actividad del actor.

PREGUNTA.- Roberto, ¿cómo te iniciaste en el doblaje? ¿Contabas en tu familia con algún precedente artístico?

RESPUESTA.- No. Nadie. Yo soy el primer actor. El primer loco de la familia. Mi padre era peluquero. Mi familia, ferroviaria. Cuando acabé el Bachillerato le dije a mi padre que no quería seguir. Y me puso a trabajar. Entré en la escuela sindical de peluquería. Y me hice peluquero. Luego me puse trabajar en la peluquería de mi padre. Y así estuve, cinco años de peluquero. Pero, a uno de los compañeros de mi equipo de fútbol, le gustaba el teatro. Y me propuso hacer teatro. Entonces, de la noche a la mañana, vino y me dijo: ‘Mañana empezamos a ensayar. Te han dado el papel del Novio, en Bodas de sangre’. Yo me quedé frito. Pero si mí eso me da mucha vergüenza. Si vas a necesitar a la Guardia Civil para sacarme al escenario. Al final, por falta de gente, la función no se hizo. Pero a mí me picó el gusanillo. Y me dije, vamos a hacer una obra de teatro. E hicimos La barca sin pescador, de Alejandro Casona.

Después me marche y fundé mi propia compañía. Y le dije a mi padre: ‘Quiero estudiar Arte Dramático’. Él aceptó. Y comencé a estudiar. Por las mañanas iba a la peluquería. Y por las tardes a Arte Dramático. Y esa compañía de estudios me sirvió para montar obras como Los árboles mueren de pie, Becket o el honor de Dios, Luz de gas…

Entonces, un día me vio trabajar el cónsul de México en España. Yo entonces quería ser actor de teatro. Y me dijo: ‘Es una lástima que yo no pueda ayudarle porque me ha gustado usted mucho. ¿Ha doblado usted alguna vez?’. ‘No, nunca me he puesto delante de un micrófono’, contesté. ‘Pues va a ir usted a los estudios Vallehermoso y va preguntar por Salvador Arias. Y le van a hacer una prueba’. Fui, me hicieron la prueba y, como no me contestaban, volví al estudio. Ese día Salvador estaba allí jugando al mus. Y le dije: ‘Don Salvador: ¿qué pasa con mi prueba?’. Y él contestó: ‘La he oído y para serle sincero, no tiene usted voz, no sabe usted interpretar, no sabe nada. Usted no me sirve para nada; así que le rogaría que no me molestara más’. Me fui de allí bastante chafado. Pero el cónsul de México me dijo: ‘No tiene nada que ver con usted. Yo he tenido un roce con este señor, y esa es su forma de dejarme claro que no quiere nada conmigo, ni con lo que me rodea. Usted no ha tenido ninguna culpa’, me dijo. Pero a mí me hundió.

Luego me casé, a los veinticuatro años. Mi mujer y yo lo estábamos pasando muy mal. Estuve vendiendo libros, máquinas registradoras, haciendo anuncios para Telefónica… Hasta que un día ella me convenció. Me dijo: ‘Oye, ¿por qué no te dedicas a lo tuyo? – ‘Nena’, le contesté yo. ‘Tenemos dos hijos. Y eso, el teatro, la televisión, va a ser muy difícil’. ‘No’, dijo ella. ‘No- Tú céntrate en el doblaje, que va ser más rápido’. A mí eso me animó muchísimo; ella ha sido lo mejor que me ha pasado en mi vida.

En fin, fui a hacer una prueba a los estudios Exa. Y allí me encontré con Paco Sánchez, el actor que doblaba a Orson Welles, a Charles Laughton… Un hombre muy importante. Y yo me puse a presumir: ‘Soy actor; trabajo en Cinearte, en Arcofón… Pero quiero trabajar en más estudios… ’ ‘Bueno, bueno’, me dijo él. ‘Pues vamos a hacerle una prueba’. Y pasamos la sala. Yo iba como si me fueran a fusilar. Y no di ni una. Era un take dificilísimo. Tenía diez o doce líneas. Iba del off a la boca, de la boca al off… No había forma de meterle mano. Y venga a darle vueltas y más vueltas al take, hasta que Paco dice: ‘Para, para’. Entonces se me queda mirando, y dice: ‘Está usted un poco verde’. ‘Sí, un poquito’, contesto yo. Pero le caí bien. ‘Vamos a hacer una cosa’, me dice. ‘Cuando usted no tenga convocatoria en Arcofón o en en Cinearte, viene usted por aquí, se sienta en una de esas butacas. Y aprende. Y cuando se considere con fuerzas, le vuelvo a probar’.

Durante un mes y medio, como un clavo, estuve yendo todas las mañanas, a las ocho y media hasta las tres. Viendo doblar. Hasta que un día me dice: ‘Qué pasa, Cuenca, ¿te atreves?’. ‘Pues, sí’, le contesté yo. ‘Mañana le escucho a usted’.

Esa noche no dormí. Me lo jugaba todo. Así que, al día siguiente, me hizo la prueba, en una serie llamada Los persuasores, con Toni Curtis y Roger Moore, donde me dio un papel de Botones; tres takes – uno de una línea, otro de dos y otro de una –, algo ya más pasable. Lo hice y él se levantó y me dijo. ‘Muy bien. Ha estado usted espléndido. Pase y cobre’. Y así cobré mi primer sueldo: 611 pesetas. Así empecé yo en doblaje.

Fue Paco Sánchez el que me empezó a abrir camino. Estuve trabajando en Exa. Y de ahí pasé a otros estudios. Y luego me pasó una cosa curiosa. Fui a Arcofón, a ver a Salvador Arias. Habían pasado tres años. Me había dejado la barba. Mi mujer me advirtió: ‘No vayas’. Porque Arias, entonces, era presidente de los empresarios, y mandaba mucho. ‘No vayas’, me dijo ella. ‘No sea que te reconozca y, en venganza, te tire abajo todo lo que llevas conseguido’. Pero yo dije: ‘Me voy a arriesgar’. Y fui. Salvador estaba dirigiendo una película que se llamaba El senador fue indiscreto; una película en la que yo, muchos años más tarde, doblé el papel que entonces interpretaba Salvador. Pero, bueno, fui, y le dije. ‘¿Qué tengo que hacer?’ – ‘¿Sería usted capaz de poner la voz a ese señor que está ahí?’, me respondió Salvador. ‘Vamos a intentarlo’, le dije. Y lo hice. Entonces, Salvador exclamó: ‘Muy bien. Muy bien. Tiene usted muy buena voz. Interpreta usted muy bien’. Y le dijo a la persona de producción: ‘María Teresa: nos falta un actor mañana. Dile la hora al señor Cuenca, que lo va a hacer él’.

Luego me contraté en Sincronía, donde estuve 17 años, contratado. Y así hasta la actualidad.

PREGUNTA.- ¿Qué recuerdos tienes de tus primeros tiempos? ¿Qué fue lo que más te impresionó?

RESPUESTA.- Tengo un recuerdo muy grato. ¿Qué fue lo que más me impresionó? La forma aparentemente tan sencilla como lo hacían. Parecía que no hacían nada. Y, sin embargo, eran un portento. Las mejores figuras que ha tenido el doblaje español. Hacían cosas verdaderamente maravillosas. A mí me ayudaron mucho. Les caí bien. Me ayudaron mucho, tanto Guardiola, como Ángel María Baltanás, Félix Acaso, Simón Ramírez. Y aprendí mucho de ellos.

Integrantes del Grupo de Parla homenajean a R. Cuenca en los Premios Irene.

PREGUNTA.- ¿Y el Grupo de Parla? ¿Cómo surgió aquella iniciativa que sirvió de cantera para tantos profesionales del doblaje?

RESPUESTA.- En mi vida, todo ha salido un poco por carambola. Yo estaba viviendo en Parla. Y llevaba a mis hijos a un colegio público: el Pío XII. Nos hicimos de la asociación de padres, del APA, como se llamaba entonces. Y mi hijo, como los niños no se pueden callar nada, le dijo un día al presidente del APA: ‘Mi papá es actor. Es el que dobla al Bosley, de Los Ángeles de Charlie’.

Me ofrecieron hacerme cargo de las actividades del APA. Así empezamos a trabajar. Y funcionó bastante bien. Buscábamos cosas para que los chicos las hicieran. No cobrábamos un duro. Así empezó el Grupo de Parla.

Por mis manos pasaron más de 200 niños. Formé un coro, dos equipos de fútbol – con la ayuda inestimable del padre de Miguel Ángel Garzón, que era el entrenador –, un grupo de ballet clásico, uno de ballet español y un grupo de teatro.

Luego, mis hijos terminaron la Básica y allí no podían continuar. Así que formamos la asociación cultural Talía. Y empezamos a hacer cosas. Los certámenes que había por la Comunidad de Madrid. Y por fuera, incluso. Llegamos a ganar 31 primeros premios con aquella asociación.

Además, iba a ver a los niños la gente del estudio Sincronía. Y cuando había que doblar a un niño decían: ‘¿Por qué no lo hace fulanito?’. Mi hijo hizo así El valle secreto. Y Marimar (Mar Bordallo) también.

Y de ahí, a más, más, más… Los niños estaban acostumbrados a hacer teatro, y a obedecer las órdenes del director. Y, como se ponen menos nerviosos que los mayores, y el ‘muñeco’ lo hace siempre igual, si no lo hacían a la primera, lo hacían a la segunda. Y estaba bien dicho. Así empezaron. Y así están donde están.

PREGUNTA.- ¿Qué te parecen los cambios en el método de aprendizaje de la profesión?

RESPUESTA.- Nefastos. Muy malos. Se prepara a la gente de una manera que no es normal. Son son todos iguales. Todos tienen la misma cancamusa. Hay algunos que no, por supuesto. Pero, generalmente, a mí no me gusta. Yo estuve en una escuela de doblaje y, la verdad, me resultaba muy difícil. Aguanté dos meses. Era como dar clases a sordos. Cada uno va a lo suyo. Y si tú les dices que no, ellos te miran como diciendo: ‘Qué antiguo’. O te dicen: ‘Lo que yo quiero es hacerlo deprisa’. A uno le dije una vez: ‘Eso de hacerlo deprisa, no te va a valer de nada. Porque cuando llegues a una sala, y te encuentres a un director, que no conoces, y te ponga un take de doce líneas… se te va a nublar el cerebro. No vas a ver ni la boca. Y esa rapidez que tú te crees que tienes – porque la tienes aquí, y no es tanta como tú te piensas –, esa rapidez se te va a ir. Y el director, si tú no le muestras algo que merezca la pena explotar, te va a decir: “Lo siento, pero adiós, muy buenas”. Y no te va a abrir las puertas. Porque te las estás cerrando tú mismo, con esa forma de entender la profesión’.

También es cierto es que, hoy en día, somos todos muy malos. Somos muy malos. Porque el arte ha decaído. Ya no existe. Existe el dinero. La rapidez. Y nada más. Y, eso, en una profesión como esta, tan bonita, y al mismo tiempo tan difícil – como todas las que tienen que ver con la interpretación – es una mala medicina. Antes, cuando yo hacía Los ángeles de Charlie, el doblaje de un capítulo se hacía en dos jornadas. Luego, cuando hubo que redoblarla, se hacían ya dos capítulos en tres jornadas. El resultado no puede ser igual, indiscutiblemente. Ahora vas con un ojo pegado al papel, y el otro, en la boca del señor. Eso los que tenemos un hábito. Imagínate los que están empezando. Y si no haces ocho takes en media hora, no te llaman. No sirves. Aunque lo hagas divinamente. Y hay otros que, aunque lo hacen como el culo, le han cogido el aire; se ponen cascos o lo que sea… Te lo hacen. Y dicen: ‘Llama a este, que muy solvente’.

Así hay los doblajes que hay. Un desastre. Como, por ejemplo, las películas que ponen a las cuatro de la tarde en televisión. Son extraordinarias, en el sentido de que te hacen dormir. Acabas de comer. Te sientas en el sofá. Escuchas ese doblaje. Y, hala, a dormir.

PREGUNTA.- ¿Ha cambiado algo para bien?

RESPUESTA.- Los adelantos técnicos. Si has hecho un buen take, pero lo has dejado un poco corto o un poco largo; o has entrado un poco antes o un poco después, antes había que repetirlo. Aquello no se podía mover. Ahora el el técnico te lo mueve. Siempre es positivo que te ayuden en esas cosas. Siempre que no se tome como una rutina. Hoy en día, sin embargo, con Netflix, se ha impuesto la ‘onda’. Un take está bien hecho. Pero ha empezado usted un poco antes o ha terminado un poco después. ‘Pero si eso no lo sabe nadie’, dices tú. ‘Sí, sí lo saben’, contestan. ‘Porque está la onda’. ¡Pero qué coño tiene que ver la onda! El cine – el arte – es la interpretación. No la onda. Hasta eso, que podía haber sido un avance, ha sido un entorpecimiento.

Te pones a escuchar las series de televisión. Y es que no hay quien las oiga. ¿Dónde están los talentos? No se les entiende una palabra. Te aburren. Dicen que hay que hablar como en la vida normal. ¿Pero hablar como en la vida normal? En el arte, no se puede hablar como en la vida normal. Además la vida no es así de pesada; si no, sería un alivio morirse. La vida tiene contrastes. Y uno no habla igual cuando está enfadado que cuando está contento, ilusionado, o frustrado… Pero ahora lo hacen todo exactamente igual. No es creíble.

No es ser antiguo. Ser antiguo es decir (con tonillo): ‘Ya viene el corteeeejo; ya suenan los claros clariiiines’ . Eso es teatro antiguo. Pero decir las cosas con sentido no es antiguo.

No creo que Lorenzo (Beteta) sea monocorde. No creo que Concha (López) sea monocorde. Ni antiguos. Tampoco creo que Claudio Serrano o Miguel Ángel Garzón, o el Balas, o Angulo, o Marimar, sea ninguno monocorde, o antiguo. Son naturales. ¿Y los demás? ¿Por qué no hacen una cosa parecida? Porque es más cómodo. Es más cómodo estar diciendo que te mueres, como si estuvieras haciendo un anuncio de El Corte Inglés. Son todos igual de planos.

El arte no es eso. El arte es una variación muy grande. Por eso es tan difícil. Y tan hermoso.

PREGUNTA.- ¿Cuál es tu tipo de cine favorito? ¿Sigues en contacto con el teatro?

Tengo 75 años. Ya no hago teatro. Lo último que hice fue con la Compañía de Teatro Clásico de Madrid, en 2002, en el Festival Cervantino Internacional de México, donde interpreté el protagonista de tres de los cuatro entremeses. Y, en 2004, también con ellos, en la catedral de Toledo, un auto sacramental de Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo, donde hice de Dios. Y disfruté muchísimo. Tuvimos un buen éxito. Pero ya no. El doblaje absorbe mucho tiempo. También trabajé en alguna cosa muy esporádica en televisión. Dos cameos, uno en El comisario, y otro en Cuéntame, hace dos años. El doblaje te absorbe. Y cuando llegan los fines de semana, solo tienes ganas de descansar. Sobre todo cuando llegas ya a una edad.

¿Qué teatro me gusta? El bueno. Las obras que tienen un mensaje. Que sirven de entretenimiento. Pero con gracia. Y que están bien interpretadas. Y en el cine, igual. Me gusta el cine bien hecho. Creo que los ordenadores le quitan realidad. Y prefiero ver cosas que no sean muy espectaculares, pero que hablen de un tema importante. Y que esté bien interpretado. No me gusta el cine ‘populista’. Ni donde se rompen todos los coches del mundo pero al final dices: ‘Y, esto, ¿en qué se basa?’

PREGUNTA.- Tienes un libro en preparación. ¿De qué trata?

RESPUESTA.- Son mis memorias. Y las he acabado ya. Estoy en conversaciones para ver si las editan. Se trata de mi vida. Que ha sido muy azarosa. He sido siempre muy inconformista. He tenido la desgracia – y la suerte, por otro lado – de vivir en una España muy difícil; en unos tiempos muy difíciles. De haber conocido la necesidad. Y saber apreciar las cosas. He vivido esperar con mi abuela dos o tres horas en la cola del pan, y que luego no hubiera. Tengo muy buena memoria. Me acuerdo, por ejemplo, de la radio. Cuando empezó. Lo que significó para la gente, en una sociedad que estaba sin ilusión.

Tuve la suerte de conocer a mi mujer a los nueve años. Toda mi evolución profesional se la debo a mi mujer. Que un día me animó y me dijo: ‘¿Por qué no lo intentas?’. Le debo todo a mi mujer. De eso trata el libro.

PREGUNTA.- ¿Y los Premios Irene de Doblaje? ¿Qué han significado para ti?

RESPUESTA.- Recibir un Premio Irene supuso una alegría muy grande. No ha servido para que me crea más, o me deje de creer. Soy un buen profesional. Pero también hay otros. Llevo, eso sí, muchos años. Desde el 68. El premio es un reconocimiento a mi constancia. Una alegría muy grande. Porque es el reconocimiento de mis compañeros. La verdad es que no quería ir. Pero mi mujer me convenció. Y tengo que reconocer que, no haber ido, hubiera sido una gravísima equivocación. Me lo pasé muy bien. Ha sido una gran satisfacción para mí obtenerlo.


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