
Pepa Castro: «Dejé de dirigir por la falta de respeto al criterio del director»
La actriz y docente defiende la necesidad de unificar tarifas en toda España.
Desde su debut en 1987, Pepa Castro ha puesto voz a 1.700 títulos de la producción audiovisual doblada en España al castellano. Un sinfín de películas y series donde ha puesto voz a actrices como Jennifer Aniston, Kim Cattrall, Sheryl Lee, Kyra Sedgwick, Lena Headey o Lucy Liu. En esta entrevista con el blog de la Escuela de Doblaje de Madrid (EDM), la también exdirectora de doblaje explica las razones que la llevaron a abandonar la dirección, aboga por un convenio estatal que unifique las tarifas de los actores de doblaje en todo el territorio nacional y alerta sobre los peligros que se esconden en una época en que todas las voces tienden a la uniformidad.
En tus comienzos, en los años ochenta, era habitual aprender haciendo sala como oyente. ¿Qué se ha perdido al abandonar esta costumbre?
Se ha perdido escuchar a los grandes. Cuando eres nuevo, sales de la escuela y donde realmente aprendes es de oyente. Cuando yo empecé, tenía a los más grandes a mi alrededor. No solo los oía, trabajaba con ellos; hacía takes con ellos. A lo mejor tenía a cuatro de los grandes a mi alrededor. Y esos tonos yo los absorbía como una esponja. Hoy es muy complicado hacer sala. Al no escuchar a nadie surgen problemas que corrijo a diario: la doblajitis. Todos los tonos se vuelven iguales. Trato de enseñar a los alumnos a ser personales. Antes identificabas a cada actriz al instante. Ahora predomina una gran homogeneidad. Las princesitas y los principitos, y los dibujos animados, han hecho mucho daño.
¿En qué época se ha doblado mejor en España?
Para mí, los setenta, los ochenta y hasta mediados de los noventa fueron años maravillosos. En los ochenta se superó la antinaturalidad previa. Ganamos precisión en la sincronía sin perder interpretación. Eran actores formados en teatro, cine, radionovela… Tenían voces únicas. Además, doblábamos todos juntos en el atril, no como ahora que se trabaja en banda. Y sin cascos, por supuesto. Aquello era pura poesía y pura naturalidad.
¿Es posible recuperar hoy ese nivel de excelencia?
No. Tendremos suerte si no vamos a peor. En mi generación hay gente buenísima, pero no llegamos a aquel nivel. Reunir a cincuenta actores extraordinarios a la vez es muy difícil. Ya no trabajamos juntos en sala. Además, la proliferación de escuelas sin rigor perjudica la formación de los nuevos profesionales. En Madrid conservamos un gran nivel. Sin embargo, la excelencia colectiva de antaño no se va a recuperar.
La forma de actuar en imagen ha cambiado. ¿El doblaje ha sabido adaptarse?
Sí. Con el tiempo ha ido predominando la naturalidad. Esto no significa dejar de vocalizar; en doblaje es imprescindible. Pero hay que tender a hablar como en la vida real. Cuanto más natural eres, más resulta creíble el trabajo.
¿Por qué dejaste de ver cine doblado?
Me descoloca oírme a mí misma y a mis compañeros. Por deformación profesional, analizo si un take ha quedado largo, corto o si el reparto era el adecuado. Además, aprendo muchísimo del actor original. El original es el espejo. Necesito ver la cara y los ojos de la actriz para seguir aprendiendo. Por eso en mi casa todo se ve en versión original con subtítulos.
¿Qué sientes en el atril al doblar a una buena actriz?
Te lo pone facilísimo. Basta con mirar a los ojos al actor original para saber cómo decir la frase. Solo tienes que imitar la intención. Traer al castellano esa musicalidad. Lo realmente difícil es doblar a un mal actor.
¿Se sufre doblando una mala interpretación?
No se sufre. Pero tienes que ser tú. Cuando doblas a un buen actor, tratas de aportar lo mínimo de ti misma para ser fiel a su trabajo. Somos espejos. En cambio, cuando la interpretación original es mala, todo el doblaje recae sobre ti. Tienes que ser tú para salvar la escena. Algunos trabajos se mejoran.
Decidiste abandonar la dirección de doblaje. ¿Qué motivó esa decisión?
Dejé de dirigir por varios motivos. Ajustar en casa requería un tiempo excesivo que restaba calidad de vida. Ajustar lleva mucho tiempo. Un día eché cuentas y me salía a 3 euros la hora. Pero la razón principal fue la pérdida del respeto al criterio del director. Antes se respetaba la decisión de quien dirigía la sala. Ahora las exigencias de producción o de los clientes imponen repartos sin criterio artístico. Tras cuarenta años de oficio, prefiero no participar de esa dinámica.
En el plano laboral, ¿ves viable un convenio colectivo estatal para el sector?
No lo veremos. Existe una gran disparidad de tarifas entre Madrid y otras comunidades autónomas. En las producciones donde la prioridad es reducir costes, los clientes acuden a estudios fuera de Madrid con tarifas más bajas. Las grandes producciones cinematográficas y las series de primer nivel se mantienen en Madrid y Barcelona por exigencia de calidad. Mientras prime el presupuesto sobre la excelencia artística, un convenio estatal es inviable.
¿Qué consejo darías a quien desee dedicarse hoy al doblaje profesional?
Que lo desee con todas sus fuerzas. Que sea infatigable. Es un trabajo ingrato, pero el talento acaba abriéndose paso. Hay que concentrarse, perseverar y poner toda la carne en el asador. Si de verdad te apasiona, la clave es no rendirse jamás.

